Miguel Muñoz, el hombre que siembra crecimiento y cosecha sonrisas

El sol tibio de otoño le tiñe un costado de ese rostro curtido en el que nace una sonrisa. El viento sopla fuerte y se mete en la grabación de la charla. Los pibes, que revolotean alrededor de una pelota, pasan cerca y lo saludan. Algunos lo abrazan y le dan un beso. Y él se muestra agradecido, como siempre.

“Tengo esta suerte de poder estar cada día rodeado de niños. Tengo muchos, muchísimos amigos. Amigos de 5, 8 ó 10 años. Por eso este lugar ese muy especial. Cada día tengo la chance de corroborarlo”, dice Miguel Muñoz, ese hombre que hace más de 30 años empezó a moldear la historia de EFUL, la escuela de fútbol que no hizo más que crecer y sembrar. De formar personas a través del juego, como le gusta remarcar al propio Miguel.

En EFUL hay actividades de lunes a lunes. Entrenamientos, según las categorías, los días de semana. Y partidos, encuentros, torneos y mil formas de competencia y amistad los fines de semana.

Como buen formador, Miguel bucea profundo. No se queda en la superficie. No piensa sólo en una pelota. Como desde hace treinta años, quiere lo mejor para los niños. Y conoce el escenario de la sociedad contemporánea en la que debe desenvolverse, actuar, escenificar sus saberes.

“Hay niños con autoestima baja o con problemas. El deporte es una hermosa manera de hacerles frente a esos problemas. Muchas veces, los papás no pasan mucho tiempo con ellos. Y no es que los papás no quieran estar: muchas veces están absorbidos por su trabajo, en el afán de mantener su status después de muchos años de sacrificio. Los papás trabajan para darle al niño cosas que no quiere que deje de tener, pero a veces no están presentes y a eso lo ‘pagan’ los niños”, describe.

“El deporte tiene muchas virtudes, pero esencialmente fortalece y enriquece a los niños, en lo moral, en lo espiritual. Los hace más fuertes, más duros, más valientes. A veces los fines de semana tienen que ir a jugar a un lugar lejano, sin conocer a los rivales, y esos son desafíos. Eso buscamos permanentemente: ese crecimiento”, agrega.

–Se trata de un crecimiento que va mucho más allá de pegarle bien a la pelota…

–Por supuesto. A veces, algunos papás nos plantean que hay que ir a jugar y trasladarse a lugares alejados, en la periferia. Y es verdad: para tener una canchita de fútbol necesitás un complejo de una hectárea y media. ¿Dónde vas a conseguir eso dentro de la ciudad? Se hace difícil conseguir lugares cercanos, con mejor infraestructura. Pero todo el tiempo les marcamos a los papás que esos encuentros son los que nos piden los niños para buscar su crecimiento integral, a través del juego. No tenemos la chance de un hermoso barrio cerrado, como algunos pretenden. No hay fútbol ahí. Y nosotros tenemos que adaptarnos a lo que pide el niño.

–¿Qué demandan los niños? ¿Cómo se atienden necesidades muchas veces diversas?

–Aquí el niño viene a ser el cliente. Y está pidiendo determinados artículos que les tenés que ofrecer: por eso, además de los entrenamientos, tenemos actividades los sábados y los domingos. Los sábados juegan los chicos que recién empiezan o tal vez aquellos que no tienen el fútbol como prioridad… ¡pero quieren jugar igual! Tienen que tener su espacio, su lugar para divertirse. Los domingos juegan los chicos que van creciendo y están en condiciones de dar más, por sus capacidades y destrezas. A esos niños los tenés que llevar a otro tipo de competencias, para que puedan seguir creciendo. Inclusive, algunos se van después a clubes y tenés que darles mejores armas para que se desenvuelvan.

–Si bien el fútbol es el centro de las actividades y la planificación, en EFUL también incorporaron hockey, mami hockey y mami fútbol. ¿Cómo advirtieron esas necesidades?

–En el caso del hockey se dio cuando se jugó el Mundial en Argentina (Rosario 2010). Tuvo mucho auge con Las Leonas, con Luciana Aymar. Y advertimos que allí había una necesidad. En el caso del mami hockey, las mamás necesitan tener su espacio, su lugar. Lo mismo que con mami fútbol: esas mamás quieren estar acá.

–Esa es la famosa “familia de EFUL”.

–Por supuesto: esto es una verdadera comunidad. Es más, muchas veces tengo que ser cuidadoso, porque Juancito, que es categoría 2008 y en 2016 jugó junto con los 2009, en 2017 quiere seguir jugando con Pedrito. Y claro: se generó una gran amistad entre los papás de Juancito y los de Pedrito… ¡y no vaya a ser que los separemos! Esas relaciones de familia no se pueden romper. Las mamás y los papás defienden y cuidan muchísimo esos lazos.

–Debe ser un rompecabezas muy especial pero a la vez muy estimulante el cuidado de cada uno de esos detalles.

–Hay que estar a la altura de las demandas. Eso implica mucha energía. Inclusive, hay que saber cómo actuar con los “chicos contemporáneos”, que tienen demandas muy especiales. Hace algunos días hice unas jornadas de educación emocional. Y uno de los profesores me decía que yo no anotaba mucho, que no tomaba apuntes. Y yo pensaba que todo eso forma parte de mí desde hace muchísimos años. Lo vivo a diario y lo aprendí desde el amor a los niños. Por eso no tomaba apuntes.

–Sin haber atravesado una formación académica, usted fue forjando esos conocimientos en la cancha, con los años.

–Pero no es de hoy. Hace algunos días estuve leyendo la tesis, el trabajo final del curso de entrenador de fútbol, porque justo estábamos buscando el título para que nos habiliten el predio a nivel municipal. Hice aquella tesis con una prima que era docente, y me sorprendí al releerla. ¡Era muy buena! Yo masticaba a diario a todo esto. Desde que hice el curso de entrenador en la Liga Cordobesa…

–Más allá del esfuerzo, debe tener muchos momentos de satisfacción muy grande. ¿Con qué imágenes cotidianas sonríe o siente que vale la pena todo el esfuerzo?

–Me voy sonriendo cuando llega una mamá y me dice: “Vos vieras lo bien que anda Agustín, cómo cambió desde que viene a fútbol”. Esas cosas me hacen muy bien. Hace poco, una mamá vino a consultarme por una niña con una ligera discapacidad. Y ella no la quería traer. Yo le decía: “Traela, traela, no sabés cuántas reservas anímicas, morales, espirituales tiene esta criatura, y no tiene cómo ponerlas en juego”. Y vino. La nena ahora se divierte, juega, comparte. Tiene una sonrisa, una inocencia…

–Todo eso le debe llenar de combustible premium las reservas anímicas, las ganas de hacer cada día más.

–Totalmente. El esfuerzo y la dedicación toman un justificativo pleno en esa sonrisa, en esa alegría. La clave es que el niño venga y sienta que este espacio le pertenece. Y hay otros ejemplos, por supuesto. Tenemos un niño de clase 2003 que está con un problema en la columna y sus papás no disponen de los medios para hacer un diagnóstico de alta complejidad: hace unos días nos contactamos con unos papás de unos chicos que ya no juegan en EFUL y ellos nos prometieron que harán las gestiones para que el niño con problemas pueda hacerse todos los estudios que necesita. Es decir que hay gente que sigue comprometida con los objetivos de EFUL aun cuando sus hijos ya no juegan aquí. Todo esto va mucho más allá de la pelota adentro de la cancha.

 


Entrevista: Gabriel Rosenbaun


 

¡Qué visita! Hace algunos días, Miguel Muñoz recibió una visita muy especial: Gonzalo Maroni, el pibe formado en EFUL, que luego pasó por Instituto Atlético Central Córdoba y recientemente debutó en la Primera División de Boca Juniors. Su estreno con el Xeneize se dio con un golazo y unas cuantas jugadas que dejaron enloquecida a toda la Bombonera. Su futuro no conoce límites. Sus raíces están en EFUL.

 

 

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