Miguel Muñoz: 30 años en EFUL y una vida enseñando a crecer a través del juego

La noche húmeda cae lentamente sobre la ciudad. Miguel Muñoz está parado cerca del círculo central de la cancha grande. Los chicos persiguen la pelota en dos canchitas que atraviesan el campo de juego de 11. Revolotean a su lado, a los costados, por todas partes. Él gesticula mientras las luces del predio se van haciendo cada vez más tenues. Recuerda instantes imborrables y por momentos la emoción le anuda las palabras en la garganta.

Allí, parado sobre el corazón de la cancha de EFUL, los sentimientos laten con fuerza. Un 9 de mayo, pero de 1986 –un cachito antes de que la selección argentina iniciara una aventura épica en el Mundial de México-, Miguel Muñoz iniciaba su propia vuelta olímpica, lejos de Maradona en el Estadio Azteca del DF mexicano pero cerquita de ese sentimiento que le hinchaba el pecho desde chico: con mucha más imaginación que recursos, iniciaba esa locura que hoy está plasmada en una escuelita de fútbol que ya dejó su marca registrada en tres décadas de recorrido.

“Ésta es mi misión. Yo soy creyente pero no estoy golpeándome el pecho en misa. Yo siento que vine al mundo para esto”, dice Miguel, que mueve las manos mientras habla con las pocas luces que quedan en el predio y las voces de los niños son reemplazadas, poquito a poco, por los zumbidos de los autos que pasan por la Circunvalación.

Luciano, uno de sus cuatro hijos, le recordó la fecha del 30° cumpleaños: su hijo fue uno de los impulsores, hace 30 años, de esto que las convenciones pondrían bajo la etiqueta de «escuelita de fútbol» pero que, al acercarse para mirar de cerca, es mucho más que eso que el lenguaje alcanza a denominar.

“Se me cayeron algunas lágrimas cuando repasé estos 30 años. Sobre todo me sentí muy afortunado por haber compartido mi vida con los niños. Muchos de aquellos niños hoy son papás y traen a sus niños a la escuelita”, dice Miguel. Y la voz se le entrecorta. Pisa la pelota de las palabras. Mira, como viejo lobo, a quién entregarle el pase imaginario. Y sigue.

“Yo soy un afortunado. No sé cuántas personas pueden decir que tienen amigos de 9 años, de 11 años, de 20 años y de 50 años. Yo tengo amigos de todas las edades”, se regocija. Tres décadas de docencia futbolera –en sus inicios de manera artesanal- hacen que se arremolinen los recuerdos.

Ya está oscuro y las siluetas se vislumbran en las sombras. Miguel mira hacia la entrada del predio y describe una de sus mayores satisfacciones. “Los fines de semana, cuando esto es un hormiguero, lo contemplo y me emociono mucho. Siento que el niño abre aquella puerta –la de la entrada- para ir a jugar. Y no sólo los chicos de EFUL: cuando ingresan aquí, sean del equipo que fuere, están abriendo la puerta para para jugar, para ser felices”.

Describe, entonces, un ritual que repite a menudo y en silencio. Cada fin de semana, sin que nadie lo perciba, sale de la escuelita, cruza lentamente la Colectora, se trepa a un desagüe de hormigón y, desde lo alto de la Circunvalación, se queda contemplando: sonríe al ver la marea colorinche de niños felices y al percibir el griterío que repiquetea en esos rectángulos de césped en los cuales pica la redonda ambición.

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Miguel Muñoz nació en Los Cerrillos, localidad situada en el Departamento San Javier, a 27 kilómetros de Villa Dolores y a 235 kilómetros de Córdoba capital. Empezó a jugar al fútbol con una pelota de trapo y aún recuerda cuando quiso fundar un club en el pueblo, junto con “el Pelado” García, otro enamorado de la redonda, cuya esposa, Rita, era la encargada de la estafeta postal. A nadie, en aquella época, se le hubiera ocurrido que existiría el correo electrónico, algo que parece de la prehistoria para los pibitos que ahora crecen en ese césped de Nuevo Poeta Lugones.

Miguel aún era un adolescente cuando una prima le comentó que debía viajar a Córdoba porque tenía un pariente internado. Le preguntó qué regalos quería: él pidió un disco de Elvis Presley y un libro de entrenamiento de fútbol. Siempre tuvo –sin espacio a dudas- una pelota en la cabeza.

A los 19 años ya vivía en Córdoba. Trabajaba en el Consulado de Estados Unidos y, aun mucho antes de hacer el curso de técnico de fútbol, tenía un imán especial con los chicos del barrio, que lo esperaban, después de merendar, para jugar a la pelota en la calle con ese muchacho con cualidades de «profe». Entrenador por oficio: pura naturalidad.

“A 30 años de haber plantado las semillas de la escuelita yo me siento demasiado afortunado. Afortunado por la fidelidad de tanta gente, por la confianza en nuestros valores y principios en este recorrido. Porque los principios aparecen, como bien dice la palabra, al comienzo de la vida. Y yo dediqué gran parte de mi vida a los niños, al crecimiento a través del juego”, destaca con esa mezcla profundidad y sencillez que lo caracteriza.

“El fútbol es hermoso. Así como las nenas se duermen con una muñeca, muchas veces los varones se acuestan abrazados a una pelota”, dice.

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Miguel Muñoz fue entrenador en las divisiones formativas de los clubes Defensores Juveniles, Huracán y Alas Argentinas. También trabajó en el Colegio Juvenilia. Pero su lugar en el mundo fue, es y será EFUL.

“Pasé por varios clubes y dirigí muchos años en Juvenilia, en la LIFI (Liga Intercolegial de Fútbol Infantil), pero en algún momento me sentí desencantado. Los niños son muy presionados, sobre todo por sus papás, que les están hablando permanentemente al lado de la cancha. No se los deja crecer. No se les permite disfrutar: menos aun, que se equivoquen y asuman sus propios caminos”, apunta.

La semilla de EFUL fue plantada hace 30 años. Luciano, quien recordó la fecha por estos días, fue decisivo para convencer a su viejo: puso el hombro para acondicionar el espacio en el que desembocan las calles Francisco Luis Bernardes y Miguel Caminos, cerquita de la estación de trenes Rodríguez del Busto, cuando el Hiper Libertad o el hotel Holiday Inn no aparecían ni siquiera en los sueños o parecían chamuyo de una peli de ciencia ficción.

En casi dos meses, Miguel Muñoz ya daba instrucciones –futboleras y de vida- a más de 60 chicos de los barrios cercanos: Poeta Lugones, Cerro Chico, Tablada Park. Llegó, entonces, el primer desafío. Querían participar del tradicional torneo nocturno en las canchitas de Don Gómez –cantera inagotable en la que competían y, al mismo tiempo, ojeaban jugadores los principales clubes cordobeses- aunque la cosa pintaba complicada: tenían equipos de las clases 1977, 1978 y 1979, pero faltaba otro de la clase 1980 para completar las cuatro categorías necesarias para participar.

En una semana, de manera casi milagrosa, armaron el equipo de la clase 1980. Y jugaron el torneo de Don Gómez. Antes de empezar ya habían ganado por goleada.

“Me acuerdo que Mario Negri, que fue vicegobernador de Córdoba y hoy es diputado nacional, era planillero de nuestros equipos, porque jugaba su hijo Juan Hipólito. Fue uno de los tantos padres que ayudó para que esto creciera”, relata Miguel sobre aquellos tiempos fundacionales.

Fueron años de esfuerzos, con enorme apoyo familiar, en especial de su esposa Eulalia y sus hijos: “Maico”, Iván, Luciano, los tres varones, y María Evelina. “Quien me avaló, me autorizó, me toleró y, en definitiva, comprendió mi amor por el fútbol fue «la Dulce» o «la Lala», mi esposa, que falleció hace 10 años. ¡Estuvimos 44 años juntos! Y mis hijos fueron quienes supieron soportar, desde entonces, mis ausencias, mis viajes, mis horas fuera de casa. A todos ellos les debo muchísimo”, destaca.

De aquellos tiempos donde casi todo era futuro –y el presente apenas se estaba construyendo- hay una imagen concreta. Un instante de plenitud que, desde entonces, quiso repetir para siempre. El colegio Juvenilia no tenía adónde jugar como local. Miguel les propuso la solución. “Les dije que íbamos a ser locales en las canchitas de Francisco Luis Bernardes y Quinquela Martín. Fue un sábado y nos tocaba jugar contra el Taborin en cuatro categorías. ¡La movida que se armó! Los vecinos del barrio me preguntaban: «¿Qué hiciste, Miguel? ¿Qué hiciste?» Estaban todos enloquecidos de alegría. Hasta ahí era todo muy informal, con muchos papás que ayudaban. Y empezamos a soñar con algo más grande”, rememora con una sonrisa.

Con picardía, recuerda que mientras se construía el estadio Orfeo Superdomo –inaugurado en septiembre de 2002- unas cuantas veces hubo paladas o baldes cargados de tierra que cruzaron el asfalto de la calle Cardeñosa para emparejar el terreno en el que los más chiquitos crecían ilusionados con clavarla al ángulo.

“El fútbol permite un crecimiento integral, porque hay que ser moralmente fuerte y espiritualmente rico para jugar. La destreza va ligada al arte. No podés jugar sin destreza, sin estar completamente involucrado y con la cabeza puesta enteramente en el juego”, remarca.

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Miguel dice que todo lo que hace primero fue un sueño. Un sueño moldeado por el deseo. Y cuenta cómo nació el nombre de EFUL: Escuela de Fútbol Lugones.

Con Defensores Juveniles viajaron a jugar en Lobos, provincia de Buenos Aires. Allí enfrentaron a EFIL, Escuela de Fútbol Infantil de Lobos. “Ahí mismo decidí que cuando tuviera mi escuelita se iba a llamar EFUL. Además, me gustó pensarlo asociado al modismo cordobés para gritar que alguien hizo un foul: «E’ ful, e’ ful». Jaja”, se divierte.

El nombre después se hizo logo. Miguel le planteó a su hijo Luciano el concepto esencial: que el niño, desde que se levanta hasta que se acuesta, quiere jugar. Que no piensa en otra cosa. “El sol sale amarillo y se esconde casi rojo. Ese degradé, que pasa por el anaranjado, quedó plasmado detrás de la silueta de un niño jugando al fútbol”, describe. Ese anaranjado también se hizo camiseta.

De ese tiempo, Miguel guarda algunas postales en su memoria. Puesto a elegir, describe una particularmente tierna, que tiene historias dentro de la misma historia. Casi como una mamuschka de recuerdos y sonrisas. Leonel, un pibito de clase 1994, era todo un personaje en la escuelita. Su mamá trabajaba como guardia del Buen Pastor –cuando el paseo aún era una cárcel de mujeres- y confeccionó, junto con algunas presas, la primera bandera de EFUL: esa reliquia está guardada en la cabañita de madera del predio en la que tienen su espacio los tesoros afectivos más preciados. Una mañana de sábado, el pequeño Leonel jugaba un partido. Mientras corría cerca del alambrado, advirtió que tenía los cordones desatados. No sabía atárselos solito. Cuando levantó la cabeza vio a su abuelo, que caminaba del otro lado de la tela metálica, con una bolsa para hacer las compras en sus manos. El niño lo llamó a los gritos, apoyó el pie sobre el alambrado y, segundos después, volvió a la cancha con los cordones hechos una pinturita. Miguel sonríe al recordar a aquel abuelo haciendo un prolijo nudo, a través de una tela metálica, sobre los botines de su nieto.

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EFUL es terreno fértil para la siembra: de pequeños futbolistas pero esencialmente de seres humanos. El actual terreno, en Miguel Caminos y Circunvalación, sólo podía ser un sueño en la cabeza de Miguel. Nadie, ni siquiera su actual mujer, Silvia, lo creyeron posible cuando se le puso esa idea entre ceja y ceja. Plantar canchitas allí sonaba a locura. Ese inmenso espacio en el que los fines de semana ahora corretean decenas de niños era un basural, con yuyos de dos metros y medio de altura.

“Todo lo que tenemos acá me lo imaginé primero. «Dale, empecemos a soñar», me dije. Y esto es un sueño. Hace nueve años que estamos en este predio, gracias al esfuerzo de los vecinos, de los papás y de mucha gente que nos dio una mano, como la empresa Pretensa. Los dueños nos prestaron el terreno a cambio de que lo limpiáramos, lo desmalezáramos. Recién después de eso empezamos a pagar un alquiler y los impuestos”, describe Miguel. Y añade, mientras abarca el predio completo con la vista: “Pero nada de todo esto hubiera sido posible sin Silvia, que es la mejor administradora del mundo. Yo puedo soñar o ejecutar cosas, pero sin Silvia nada de esto se hubiera hecho”.

Silvia se ríe y lo mira con ternura. Ella rememora cuando colocaban pesticidas chorrito por chorrito y, también, cuando arrancaban yuyos con las manos hasta quedar agotados, tirados sobre el suelo y mirando al cielo.

La siembra futbolística reconoce unos cuantos frutos del talento en los últimos años. Guillermo Morán De la Vega, Federico Moreno y Tomás Colantone integraron el equipo de Belgrano que ganó el Mundialito La Serenísima y viajó a Inglaterra para jugar la Danone Nations Cup.

Gonzalo Maroni es la última perla del coral de camisetas anaranjadas: el año pasado hizo su estreno en la B Nacional con Instituto y este último domingo -15 de mayo de 2016, fecha para el recuerdo- debutó en Primera con la camiseta de Boca Juniors. Un crack.

“El Gonza” jugó en uno de los equipos de EFUL que brillaron hace unos años en la Fiesta Nacional del Fútbol Infantil de Sunchales (provincia de Santa Fe), ante los ojos de los muchos reclutadores, especialmente de clubes poderosos. Con la categoría 1997, EFUL jugó por el tercer puesto contra River Plate. A muchos ojeadores de les caían las babas por Maroni y algunos de sus compañeros. Pero ese mundo es ajeno al espíritu de la escuelita. “El niño no es una mercancía. No quiero saber nada con eso”, dice Miguel, casi refunfuñando.

Más de una vez llegaron ofertas para percibir, negociar o pensar el tema de los derechos formativos. Jamás siquiera se permitieron oírlas. En EFUL no hubo ni habrá convenios con clubes ni representantes. Es una escuelita y cada papá se puede llevar a su hijo a un club cuando quiera y como quiera. “En los clubes no quieren cerca a los padres, porque tal vez tengan que dar explicaciones de algunos comportamientos de los formadores. En cambio, en una escuelita no se puede prescindir de los papás. Son esenciales en todo”, destaca Miguel.

“Me ofrecieron mil veces que participemos de la Liga Cordobesa. ¿Para qué? ¿Me querés decir para qué? Mi misión empieza y termina en la escuelita”, afirma con vehemencia.

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Hay, además, historias y emociones que se salen del rectángulo de juego. Que no tienen el arco como objetivo. “Educar no es sermonear a los chicos, sino ayudarlos a crecer. El niño no te escucha todo el tiempo: te observa. Y les podés decir muchas cosas, pero ellos ven cómo te comportás, cómo actuás, qué valores ponés en juego. Porque los valores no se enseñan, sino que se transfieren”, dice Miguel.

“Nosotros pregonamos el «crecer a través del juego». Cuando uno le dice a un pibe que no revolee la pelota, sino que la baje y salga jugando, también le está enseñando otra cosa: le está permitiendo que tome decisiones, que asuma riesgos. Es el fútbol pero también es la vida”, dice Miguel. Y suelta dos máximas que dicen mucho más que las simples construcciones sintácticas: “También queremos que adviertan que ser obedientes no es ser obsecuentes. Y que la violencia es el recurso de los brutos”.

La ausencia de una bajada de línea cercana a los sermones, sino mucho más emparentada con pequeños ejemplos cotidianos, es un sello de identidad que permite que Miguel infle el pecho y ensanche la sonrisa.

Hay ejemplos que lo enorgullecen. “Joaquín era un chico que vivía en un barrio cerrado y tenía todos los lujos. Su mamá llegó a buscarlo a una de las prácticas y el niño había sido marginado del entrenamiento; estaba sentado cerca del tejido metálico. La mamá preguntó qué había pasado. Le respondí que la soberbia y el despotismo acá no iban”, detalla. Sin detenerse, agrega: “Imaginé una situación tensa. Pero lejos de enojarse, la mamá me confió: «Para eso te lo traigo, Miguel». Ese niño necesitaba, en el marco de un deporte colectivo, comenzar a reconocer límites”.

Antes y después de cada práctica, el fútbol también es la excusa para delinear ciertos hábitos y costumbres que forjarán a los deportistas pero, sobre todo, a los seres humanos. Recoger y doblar las pecheras, luego de cada entrenamiento, puede ser también el modo de lograr que los niños trastoquen el desorden en orden en sus habitaciones. Más de una vez, los papás de algún pequeño invitan a Miguel a pasar por sus casas, para que compruebe los cambios –y el nuevo orden- en una pieza que antes era un cúmulo surrealista de objetos.

“No sé qué hiciste, pero mi hijo ahora toma toda la leche”, escucha a menudo. “¿Cómo lograste que mis hijos ahora quieran comer toda la comida”, es otra frase que Miguel escucha -con la mueca de una sonrisa entre los labios- de manera habitual.

“Cada vez que puedo, les digo a los chicos que cuiden a la mamá y al papá, que sean agradecidos con ellos, y que ayuden con cosas simples, como levantar la mesa, ordenar la habitación o hacer la cama. Y les inculcamos que aprendan a cuidarse, que se abriguen si hace frío o se protejan del sol en verano, porque eso significa que están cuidando algo sagrado: la salud, que también es sinónimo de alegría para venir a jugar. Y lo esencial para el niño es jugar”, cierra.

Las luces ya se apagaron completamente y la charla se cierra divisando siluetas. Antes del abrazo de despedida, uno intuye que en algunos momentos de palabras entrecortadas, el rayo electrizante de los recuerdos hizo descolgar algunas lágrimas en esos ojos que vieron tanto fútbol en tamaño pequeño, sin la contaminación del profesionalismo ni las exigencias de los que sólo juegan para ganar.

 

Texto: Gabriel Rosenbaun

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