Nuevo Poeta Lugones, una canción fresca

Nota publicada por LaVoz.com.ar el 12/10/2014

La luna, redonda y atardecida, está colgada como un farol gigante; pasa un avión volando bajo y la atraviesa de orilla a orilla. Bajo el cielo de esta plaza sin nombre, el final del día se deja sentir como una pequeña celebración de lo cotidiano, como una canción fresca: chicos que juegan a la pelota, mujeres que llegan con el mate a sentarse en el pasto, árboles recién plantados; la vida que late joven…

Nuevo Poeta Lugones se llama el barrio, aunque ninguno de los vecinos saben responder al preguntado: ¿cuál es el nombre de la plaza? No hay opciones para elegir; tampoco un cartel de esos verdes con letras grandes. Pero el vuelo bajo del avión nos cuenta que estamos cerca del aeropuerto y también de la luna de octubre que, cuando ya llega la noche, derrama su caricia blanca para ayudar a los pocos focos a iluminar la calidez de primavera.

La plaza sin nombre (rodeada por las calles Olga Orozco y Azor Grimaut, y atravesada por Baravino) igual tiene una historia que contar, acaso tan breve como la memoria del lugar. Y esa historia está amasada con agua y harina, como el pan. Christian Pegoraro tiene 33 años y hace ocho que vive aquí: casi una credencial de pionero para esta parte del barrio que terminó de construirse como si fuera una película que pasa a toda velocidad aún no hace un lustro.

De las calles con nombres de escritores, poetas y afines, a él le había tocado la de Félix Gigena Luque, aquel relator de doma. En realidad, había llegado con sus padres desde a abrir una sucursal de la panadería Alonso que tenía la familia unas cuadras más allá, en la calle Alonso de Ubeda, de Marqués de Sobremonte. “Íbamos de un barrio a otro, casi caminando a campo traviesa”, recuerda.

A Christian algunos aún le dicen “Alonsito”, porque creen que el nombre de la panadería es el apellido de la familia. Cuando reunió sus sueños con los de Betiana (son padres de Thiago y de Fausto), erigió su propio proyecto: una sucursal en la plaza. “Era un desafío especial: pondríamos mesas y serviríamos café, licuados y bebidas. Un bar, digamos”. Su padre no estaba muy de acuerdo, pero pronto se vería que la idea había sido buena: no sólo fue uno de los primeros negocios del lugar, sino que se convirtió de algún modo en canalizador de una pequeña sociedad que necesitaba un punto de encuentro.

La consigna de los vecinos que rodean la plaza es empujar, mientras esperan asistencia. Es más, Christian ya ha comprado una calesita, un tobogán y algún juego más para instalar. Se trata de que los grandes puedan sentarse a ver a sus hijos jugar.

Por lo que cuentan y lo que se ve, el barrio tiene una clara señal de identidad: está formado, en su gran mayoría, por parejas jóvenes con hijos pequeños. Incluso no hay tantos adolescentes: muchos de los que se reúnen en la panadería a darse un festín de mafaldas y carritos con licuados o submarinos en promoción (y alguna cerveza por ahí, pero no es lo que abunda) vienen de unas cuadras más allá. Como Agustina Mastrítola (19 años) y Leonel Dealbera (20) que vienen del Poeta Lugones viejo. “Estamos al aire libre, tranquilos, hay buena gente”, dice él, mientras pide que apuntemos que la Gloria no lo trata bien; la Gloria, moza del bar, se sonríe de buena gana.

Estamos del lado oeste de la plaza. Un puñado de metros más allá de la panadería, está la veterinaria de Carolina Retamal, que es chilena pero habla con acento de aquí. Es que está aquí desde niña, aunque regresó a estudiar la carrera a Santiago. “Mi madre vive en el Marqués; mucha de la gente que vive aquí tiene familiares muy cerca”. Sí, la hipótesis se confirma en otros relatos: Nuevo Poeta Lugones es como echarse a volar pero con las alas cortas.

Pero hablemos de perro, la debilidad de Carolina. “La raza que más se ve en el barrio es la golden retriever o el ovejero. Aunque hay algo especial en la sensibilidad de la gente de aquí, que creo que tiene una sensibilidad especial: en muchas casas hay un perro de raza y otro callejero rescatado. Es que como esto estuvo largo tiempo lleno de construcciones, muchos perros se amparaban en las obras”, cuenta. Y los “placeros” libres que cuentan con el cuidado del vecindario son “el Flaco” y “Diego”; también se puede mencionar a ”Rocío” y “Tita”, aunque ellas duermen en la veterinaria.

Por las tardes, Carolina suele contar con la ayuda y la colaboración de Elisa, que también quiere ser veterinaria y estudia para serlo. Y mientras ella habla de gatos, llegan Ludmila Bustos y Damián Lopresti, que traen en brazos al pequeño Elvis, al que le toca una vacuna. Hace un mes que viven en el barrio. “Buscamos por acá porque trabajamos cerca, en la empresa Cordiez (sobre avenida La Voz del Interior ). Estamos muy a gusto; si nos en sólo un mes ya nos sintiéramos arrepentidos, estaríamos complicados”. Son una pareja joven, en sintonía con el barrio (sí, lo que usted sospecha: se pusieron de novios en el trabajo).

En la otra orilla

Cruzamos la Baravino hacia el este, y la plaza es la misma: sólo es la otra mitad en espejo, aunque tiene su pequeño clima particular. Aquí, por ejemplo, hay más niños porque hay juegos instalados. En uno de los locales, el primero (o el último según se mire), hay unos recién llegados que parecen haber dado en la tecla: delivery de empanadas.

–Nos gustó el lugar. Vimos mucha gente joven y…

–Y pensaron: “Acá se debe cocinar poco”…

Pablo Sánchez (viene de Barrio Jardín) y Diego Casasnovas (de San Vicente) se ríen. Es que están contentos. Compraron la franquicia de Lo de Jacinto y abrieron el viernes 3 de octubre. “Algunos pensaban que estábamos regalando las empanadas por toda la gente que se había amontonado. Muy buena onda, hasta hubo quien nos llamó teléfono para decirnos que les habían gustado las empanadas. Debe ser que les dimos ternura por vernos trabajando tanto para poner el local en condiciones”.

Más allá, Claudia Tuma, que atiende Entre Barricas, un negocios de vinos, quesos y delicadezas, descarta cualquier rumor que pueda hablar de rivalidad entre as dos orillas de la plaza. “Somos negocios distintos, por suerte. Esta parte, la que da hacia el CPC, es más nueva”.

Claudia estudia turismo y el comercio lo sostiene junto a su compañero Gonzalo Re. Junto a los vecinos, han plantado algunos árboles. “Son de especies autóctonas. Espinillos y plantas de tuna, sobre todo. Los cuidamos entre varios”. Como decía el Flaco Spinetta: “Y deberás plantar, y ver así a la flor nacer”.

¿La plaza tendrá un nombre? Por lo pronto, la vida del barrio parece tenderse sobre el pasto para disfrutar el final de otro día, de otro regreso a casa.

Pasa otro avión pero ya no alcanza a atravesar el blanco encendido de la luna de octubre, que se ha trepado un poco más alto para mirar a toda la ciudad.

» Nota original, en LaVoz.com.ar

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